Impertinencias relacionadas con el pensamiento políticamente correcto de periodistas y políticos de las Islas Canarias



16 de mayo de 2013

¡Tire ese muro, D. Paulino!


El 12 de junio de 1987, en la Puerta de Brandeburgo, Ronald Reaganpronunció tan elocuente frase ante el secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética, Mijail Gorbachov. Lo que siguió es conocido por todos; el muro no se cayó, lo tiró el ansia de libertad de quienes se veían oprimidos por él.
El muro es un símbolo que no precisa de manifestación física porque sigue existiendo en las mentes de muchos gobernantes, empeñados enreproducir políticas de planificación centralizada que no han funcionado jamás ni podrán hacerlo por la propia imposibilidad de establecer correctamente el cálculo económico.
Sin embargo, la hostilidad a la propiedad privada, el empecinamiento por ordenar los sectores económicos o el recelo en la libertad de los ciudadanos provoca alteraciones notables causadas por unos políticos de espaldas al curso de la historia y unos ciudadanos aleccionados como consecuencia de una educación pública que inocula tempranamente esos viejos, apolillados y letales estigmas.
En cualquier lugar civilizado, el hecho mismo de la expropiación temporal de las viviendas propiedad de la banca e inmobiliarias habría provocado una alarma justificada. En Canarias no. Vivimos tiempos en que la finalidad primera de nuestros gobernantes es señalarnos a quién debemos odiar y a partir de ahí, usar la fuerza de la ley para actuar con el respaldo de una adormilada opinión pública.
Una vez justificada tal acción, ¿qué detendrá a una banda de cuatreros en sus planes si son capaces de inventar un motivo? Sucede igual ante hechos como el del Hotel Oasis, donde apelando a un vaporoso concepto como el del interés general o defender derechos colectivos con una protección superior a los individuales, se permite quebrantar la legítima acción de unos empresarios en su propiedad con el aplauso sistemático de los medios de comunicación y una clase política que cabría englobar en «socialistas de todos los partidos», en feliz definición de F. Hayek.
Hemos dejado demasiadas cosas en manos de los gobiernos y, pasados casi seis años desde el inicio de la crisis, no vemos que se retiren ni tengan intención de hacerlo. Mandan mucho sobre muchas cosas y las consecuencias de ello las estamos pagando vía impuestos presentes y futuros (no otra cosa son las emisiones de deuda).
En sus manos hay casinos —los únicos que son una ruina en el mundo civilizado—, campos de golf, fábricas de leche y yogures ... Hasta una actividad como la formación de personal para el turismo vía Hoteles Escuela les lleva a perder más de cuatro millones de euros al año, sin formar adecuadamente y compitiendo deslealmente con empresas que se juegan sus cuartos en un mercado cambiante y competitivo.
Es el momento de decir, con Reagan, «tire ese muro, Don Paulino», ese velo ideológico del que impregna toda su actuación y privatice todo lo que esté a su alcance. Seguro que hay empresarios que estarían encantados en asumir el rol que la administración se atribuye, pero con resultados muy superiores. Y Hecansa es una buena forma de empezar.
Original publicado en ABC



'Public Choise y petróleo'


El más que evidente divorcio entre ciudadanos y políticos puede tener sus causas en el claro fracaso de la gestión pública en todos los órdenes. Teóricos de la Escuela de la Elección Pública, tales como Gordon Tullock o el recientemente fallecido James Buchanan, enuncian hasta cinco razones fundamentales para que tal cosa ocurra. La primera, el efecto de la racionalidad de la ignorancia, señala que es perfectamente racional mantenerse ignorante sobre aquellas cuestiones que son complejas (el coste de informarse es elevado) o están más allá de nuestro control (la posibilidad de que nuestro voto sea el decisivo es, en Canarias, 10 veces más alta que sacarse la lotería nacional). La segunda sería la aparición de pequeños grupos de interés que buscan privilegios de parte, que nada tienen que ver con los intereses de la mayoría silenciosa que nadie se preocupa por defender. La tercera es el efecto de la representación no vinculante, motivada porque los electores no manifiestan sus preferencias sobre temas concretos, sino tan solo eligen un representante, que podrá cambiar de opinión sobre aquello que ofreció en campaña sin sanción, pues no hay manera de establecer vínculo alguno entre lo ofrecido y lo concedido, lo que incrementa los incentivos para que las personas decidan desinteresarse por los asuntos públicos. También estudiaron (cuarta razón) el efecto de la miopía gubernamental relacionada con el horizonte temporal inmediato con el que se desenvuelven los políticos, con políticas orientadas siempre al corto plazo, pues no son capaces de ver más allá de las próximas elecciones. Un político está obligado a maximizar sus votos para mañana, con lo que si uno decidiera plantear las cosas a largo plazo estaría condenado a perder su puesto. Y la quinta está relacionada con la carencia de incentivos para actuar de forma eficiente. Una determinada línea de acción pública se mantendrá en el tiempo con independencia de su eficiencia económica siempre que sea respaldada por los electores, lo que ha llevado a tomar decisiones de expandir el tamaño de los gobiernos más que reducirlos si se pensaba en su rentabilidad electoral. Para evitarlo sería necesario establecer algún nexo para quien toma la decisión que lo vincule con su coste o beneficio.
No solo podemos entender el cada vez menos disimulado desdén de los ciudadanos con la cosa pública, sino también las relaciones de los dirigentes con temas estratégicos cuyo impacto positivo pueda observarse a largo plazo (pensar que dentro de 10 años, con los primeros barriles de petróleo saliendo de CanariasPaulino Rivero seguiría siendo presidente no es una quimera, es una pesadilla macabra). Y añade alguna nota de interés: con los incentivos que genera el actual sistema institucional, ¿la refinería de Santa Cruz podría haberse instalado alguna vez? ¿Puede discutirse su impacto económico y social, la transferencia de conocimiento, el saber acumulado, la mejora de los planes de estudios para que los canarios pudieran formarse y terminar trabajando en esa instalación? Duelen las preguntas, pero mucho más las respuestas.

Original publicado en ABC Canarias