Impertinencias relacionadas con el pensamiento políticamente correcto de periodistas y políticos de las Islas Canarias



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17 de marzo de 2015

Editorial 17/03/2015 sobre Radio San Borondón

El Gobierno de Canarias ha decidido sancionar con 100 mil euros a Radio San Borondón lo que, lógicamente, ha sido aprovechado por la emisora para acusar al gobierno de perseguir ideológicamente a esa casa y colocarla al borde de la desaparición, también al Centro de la Cultura Popular Canaria. En la red se movilizan sus partidarios y también aquellos que festejan su cierre, unos que se quejan de la arbitrariedad del gobierno y otros que entienden que lo lógico es que caiga todo el peso de la ley sobre los que incumplen. Una pena que la discusión sea sobre lo accesorio y no sobre lo contingente. Nadie puede extrañarse de que un gobierno use el poder que ha ido arrebatando a la sociedad poco a poco y con él, usando los medios a su disposición y en exclusiva que siempre son de naturaleza violenta, persiga y amedrente a sus enemigos. Radio San Borondón parece que se ha significado por una actitud agresiva contra el gobierno e interpretan en la radio el expediente como una represalia por ello. Es posible; tampoco a mí me gusta lo que defienden ni cómo lo hacen pero la solución es bastante sencilla, no escucharlo que es lo mismo que uno espera de aquellos que discrepan de las ideas en favor de la libertad que aquí expresamos de manera continua. Pero esa defensa de la libertad es, como la justicia, universal y para todos los individuos siendo preferible vivir en una sociedad donde existan emisoras como Radio San Borondón a otra sociedad donde esas ideas no puedan expresarse por la decisión administrativa, arbitraria y caprichosa de un gobierno.

Siempre alguien podrá decir que hay un concurso público que adjudica licencias y aquellos que no resultan beneficiados deben cumplir con las reglas y cesar en sus emisiones. El problema es que resultaría conveniente impugnar el razonamiento. El espacio radioeléctrico fue considerado servicio público a principios del siglo XX con el fin de regular las comunicaciones marítimas y militares. Tiempo le faltó a los políticos para ampliar el objeto de esa restricción a las emisiones de radio y TV hasta el punto en que casi todos los países las frecuencias son meras concesiones administrativas efectuadas por los gobernantes, con la notable excepción de Guatemala. ¿Qué es lo que hicieron en la linda Guate? Estudiaron el paper del Premio Nobel de Economía Ronald Coase dirigido a la Federal Comunications Commission en que discutía que pudiera considerarse el espacio radioeléctrico un bien público. En realidad, Coase entendió que no cumplían las dos condiciones esenciales que se requieren par identificar un bien público; uno, el principio de no exclusión, que viene a significar que no se podrá impedir que alguien disfrute de ellos y no cuesta nada añadir una persona más, por ejemplo, la defensa militar. Imaginemos que Carlos no paga sus impuestos pero en un conflicto militar el ejército tendría que defenderlo porque no tiene medios para discriminar a los que no pagan. Es más, ese tipo de bien no aumenta su coste por más que incorporemos a otras personas a las que defender. El otro principio es el de no rivalidad, es decir, que el consumo de una persona no disminuye la cantidad disponible. Estas son características que tienen los bienes públicos y que la literatura económica más convencional explica para justificar que deben administrarse o regularse desde el Gobierno con el fin de evitar la sobreexplotación o impedir la aparición de free riders. Como es sencillo entender, no hay nada de esto en las frecuencias de radio y TV, que deberían haber sido adjudicadas mediante subasta pública para que fuesen a parar a las manos de quienes más las valorasen, al estilo guatemalteco, con el gobierno desempeñando una función de arbitraje, asignando áreas geográficas, regulando las potencias y vigilando que se respeten los derechos de propiedad de sus legítimos titulares. No hacerlo así provoca situaciones como las que hemos vivido, con el gobierno pudiendo favorecer o perjudicar en función de sus preferencias y actuando seguidamente para acabar con los díscolos o los que no son de su agrado. No deja de ser una paradoja que la solución más eficaz a los problemas que vive Radio San Borondón sea, precisamente, la defensa de unos sólidos principios de respeto a la propiedad privada, lo que nunca ha reivindicado. Esa sí sería una forma óptima de resolver el problema, no acudiendo a más subvenciones que no generan más que nuevos inconvenientes y añadidas deudas a las existentes.

18 de febrero de 2014

De corruptela y corrupción

Comentario en La Gaveta, 18 de febrero de 2014

Hay tal cantidad de asuntos que reclaman nuestra atención que a uno le da cierta pereza comenzar La Gaveta de hoy aclarando algunos conceptos que ayer, quizás, no fueron bien entendidos en la tertulia de este programa. Cierto es que se producen alteraciones en el normal funcionamiento del programa, básicamente por el acaloramiento del debate. Pero no puede ni debe extraerse conclusiones precipitadas o parciales. Viene esto a cuento por una distinción hecha por quien les habla entre los corruptores y los corrompidos, en medio de una discusión con el senador Alarcó. No caben equívocos, la corrupción es detestable siempre y conviene seguir cercando a quienes la ejercen en sus múltiples formas, no escudarse en limitar los daños considerando que hay forma menos lesivas de los intereses de todos si solo la consideramos corruptelas. 

Si la corrupción fuese solo un asunto económico el tema tendría un arreglo relativamente sencillo; se interioriza su coste en el proceso de producción y se aplica al precio final y todos sabrían a qué atenerse. El problema de aceptar esa máxima es que estas son las típicas acciones que demuelen la convivencia pacífica de los ciudadanos y relajan la moral y confianza entre ellos. Por eso no puede ser solo un asunto económico; es, y en primer lugar, un problema moral. Y la corrupción debería ser erradicada de forma inmediata, no solo por la acción contundente de la justicia, también por las exigencias ciudadanas de no seguir otorgando sus votos a personajes de los que existen evidencias claras sobre la ausencia de honorabilidad. Pero el argumento que pretendía defender ayer, de no existir gritos e interrupciones, es que siempre es conveniente distinguir entre el soborno ofensivo y el defensivo. El ofensivo merecería una condena todavía mayor, ya que se daría cuando se pide por parte de algún grupo organizado, una serie de ventajas para hacer cosas que a otros se les impedirán, usando para ello todo el aparato coactivo a disposición del gobierno. Sin embargo, el soborno defensivo es aquel al que se ve condenado el empresario cuando observa que es la única forma de obtener lo que su competencia tiene al conocer aquella cómo se accede a ciertos centros de poder y decisión. Más que una justificación es una explicación de por qué en ocasiones ocurren estas cosas. Quizás actuaríamos mejor si aceptamos que el nivel de conocimiento y afectación que tenemos los españoles por la corrupción política, hace que se expanda todavía más esta lacra, al modo de una mancha de aceite. Llega un momento en que, cuando somos convocados por la administración para solicitarnos algún trámite, terminamos temiendo que nos creen problemas adicionales para que les ofrezcamos alguna prebenda a cambio de la agilidad que sería deseable en un mundo instantáneo y conectado. Por eso no es comparable la relación existente entre el sobornado y el sobornador; el primero defrauda a un tercero, que somos los ciudadanos que pagamos sus salarios y se aprovecha de una serie de incentivos que ellos mismos -los burócratas- van generando para que se pueda dar esa situación óptima de cara a sus planes iniciales. El sobornador, partiendo de la base que no todos actúan por los mismos motivos, se puede ver condenado a pasar por el aro si no quiere quedarse relegado y perjudicado en su interés. Es decir, el cohecho se termina convirtiendo en una ventaja competitiva en una sociedad de ladrillo, recalificación urbanística y planes generales. Todo un desatino. 

Por eso es conveniente alertar de estas cuestiones porque la mejor y más eficaz manera de atajar la corrupción es quitándole a los políticos y sus pares imprescindibles, lo burócratas, su amplios poderes para intervenir en todos los órdenes de la sociedad. No hay nada sano en crear, como hizo el Gobierno de Canarias, una comisión para analizar los proyectos estratégicos de las Islas, una serie de personas que se creen dotadas de un conocimiento privativo y superior con capacidad para decidir qué proyectos son más urgentes y conforme a su dictamen, liberarlos de la pesada losa administrativa que tendrían que seguir en el supuesto de no superar la prueba. Esto es, reducir a unos pocos años lo que llevaría una decena de engorroso trámite. Un semillero para la arbitrariedad, el cohecho y el amiguismo. 


Si se puede compartir el análisis anterior, no cabe interpretación benigna sobre el conflicto que mantienen el gobierno de Madrid y el canario a cuenta de la moratoria y el anuncio de que será llevada al Tribunal Constitucional. En ese caso solo hay una bastarda pelea por ver quién decide qué tipo de hoteles se hace en cada momento y en cada espacio, no una decisión de empresarios que de forma libre, aspiren a satisfacer las necesidades presentes y futuras de sus clientes. Y eso, como siempre, es una nueva oportunidad para que aumente el poder de una casta política muy dada a generar escasez artificialmente, el mejor caldo de cultivo para sus particulares desarrollos personales y políticos

10 de septiembre de 2013

Invertir 19 millones en Canarias

Publicaba ayer el periódico El Economista algo que deja muy mal parada a esta comunidad autónoma, lo que no constituye novedad alguna puesto que hacemos méritos suficientes para ello. Explica ese diario económico que Mercadona invertirá 19 millones de euros en dos supermercados en Lanzarote tras 10 años de espera. Luego vendrá Paulino Rivero a decir que quiere impulsar una mayor agilidad burocrática para que la administración no entorpezca nuevas inversiones de las que estamos huérfanos. Pero pensemos un poco más allá; Mercadona es una empresa instalada en casi toda España, que ofrece unos precios bajos por productos alimenticios que son muy apreciados por sus clientes, así lo demuestran sus formidables cifras de negocio, máxime en esta época de crisis. Su actividad no tiene apenas impacto ambiental, no es insalubre, ni ruidosa ni molesta. Su personal está satisfecho y su convenio laboral es la envidia de mucha gente, no solo de quiénes no tienen trabajo. Salarios por encima de la media, descanso en festivo y otros beneficios que han hecho de la compañía una de las más apreciadas del país. Así que sus clientes se benefician de los precios bajos, sus proveedores tienen a quién venderle, su trabajadores están satisfechos... 

Fijan su objetivo en una isla que hasta ese momento se caracteriza por unos precios de la compra extraordinariamente elevados y unos productores locales que se benefician de numerosas ayudas europeas que le son dadas para que hagan lo contrario de lo que vienen haciendo, esto es, reducir la factura que tienen que pagar los conejeros por la alimentación. Cabe preguntarse qué demonios puede pasar para que un empresario tarde 10 años (6 de crisis brutal) para poder invertir en Canarias 19 millones de euros. La respuesta es tan sencilla como inquietante. Por un lado, una legislación dañina que obliga a cuidar mucho las dimensiones de los nuevos supermercados, porque pasada cierta cantidad de metros cuadrados de superficie de venta la licencia específica se tiene que solicitar al Gobierno Regional y comenzar un calvario burocrático que parece no terminar nunca. Esa cantidad es arbitraria y establece qué administración otorga qué licencia, por más que al final debas lidiar con todas para una cosa y la contraria, o la misma pedida por duplicado, tal es el disparate en que se ha convertido toda la normativa regional. Todo esto en tiempos de la directiva Bolkenstein.


Lidl pudo entrar en su momento por una sentencia judicial; Mercadona lo hace ahora agotando los plazos que la administración le ha ido imponiendo para permitirle abrir. La misma administración que ha venido velando por los intereses de empresarios ineficientes que viven de las subvenciones que han ido consiguiendo unos políticos solícitos con los menos competitivos y no hay que ser muy malpensado para entender qué clases de motivaciones puede haber detrás, con aquellos sujetos recurriendo al poder político puesto que son incapaces de confiar en sus habilidades empresariales. A nadie se le escapa que según la elección del establecimiento de compra, se puede ahorrar una familia de cuatro miembros hasta 2.000 euros al año. Multipliquen esa cantidad por los 10 años que le ha costado a Mercadona entrar en Lanzarote y tendrán bien claro el efecto carísimo de la intervención política en Canarias. 20.000 € de renta familiar que habrían podido tener usos distintos al único que permitió el gobierno en su ceguera intencionada. Y sí, esa es también una deuda que tiene el Gobierno con los ciudadanos y que, de igual modo, es impagable